La adicción a Internet ya tiene nombre científico. El síndrome de abstinencia produce estrés y aumento del pulso. Casi la mitad de británicos lo padecen.
Si eres de los que no sabe qué hacer cuando el router no conecta, si has estado estas semanas de vacaciones en algún punto mal comunicado y sin conexión y estabas esperando a volver a casa para conectarte, puede que tengas ’discomgoogolation’ (’discomgooglelación’, si lo volcamos al castellano).
El término viene de “discombobulate”, que se podría traducir como una frustración ante un deseo no conseguido, sólo que se ha aplicado el nombre de Google, con una pronunciación muy similar.
Este término científico que se aplica a una adicción de nueva generación, la
adicción a la Red. Se traduce en un aumento de la presión sanguínea, un sentimiento de estrés, una mayor actividad cerebral y, en algunos casos, el no saber qué hacer sin su conexión.
Por raro que parezca, según una encuesta un 44% de los británicos sufren esta adiccón que, según los expertos, va a peor: “La proliferación de la banda ancha ha significado por primera vez en la historia que hemos entrado en una cultura de respuestas instantáneas”, comenta el psicólogo David Lewis.
Según el doctor Lewis, “todo un universo de información está a un simple click de distancia y nos hemos hecho adictos a la web. Cuando no podemos conectarnos, llega la discomgooglelación”. Si quieres saber si tú también eres un adicto, puedes encontrar tests como este . Eso sí, también están colgados en Internet.
Vía 20 Minutos
por Guillermo García Espinosa
Cusco, Perú. El aroma de la hoja de coca se expande en el ambiente. Salas de espera de autobuses y trenes, oficinas de servicios públicos, locales comerciales y el aliento de mujeres y hombres quechuas y aymaras está generalmente permeado por la fragancia amarga de un arbusto de la cordillera de los Andes, nacido silvestre, ahora casi proscrito.
Confundida con la cocaína y sometida a una visión prejuiciosa y errada que la equipara con la causa de una adicción, la hoja de coca es al mismo tiempo el eje de un movimiento de resistencia cultural, de expresiones contraculturales y de aplicaciones tecnológicas en las industrias alimentaria y farmacéutica.
Todo eso, a pesar de que la llamada “Guerra contra las drogas” la tiene en la mira desde hace tres décadas y criminalizó su imagen.
Cualquier rincón de los Andes es territorio cocalero. En estanquillos de Cusco o Lima, junto a botanas de maíz, hay dulces envueltos en celofán, con una etiqueta donde destaca una hoja ovalada de tono verde olivo y un anuncio que dice: “revigoriza”.
En mercados de ciudades andinas, como Potosí, Bolivia, la hoja de coca está a la vista y se vende como cualquier otro artículo.
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Un estudio de la Fundación Manantiales, revela que cinco de cada diez adictos tienen su primer contacto con la droga durante las vacaciones de verano. Según la licenciada Yanina Diez directora del Hospital de Día de dicha fundación, estos son algunos de los factores:
Las vacaciones de verano abren un paréntesis en las obligaciones escolares y las rutinas caen en desuso. El día ya no comienza con el despertador y termina quién sabe a qué hora. La mirada de los padres se relaja o -para quienes veranean solos- desaparece. Esos factores, sumados a la presencia ubicua de la droga, aportan el escenario que empuja a muchos jóvenes a iniciarse en su consumo.
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Siempre se afirmó que el alcohol y las drogas producián daños irreparables en el cerebro. Hoy esto no es tan seguro. Es más, resultados preliminares en estudios con ratas de laboratorio, indicarían incluso que beber alcohol, fumar marihuana y practicar el sexo, servirían para animar el crecimiento de las células cerebrales.